Los primeros vestigios de Australia en el Tour de Francia datan de 1914, año en el que Don Kirkham e Iddo Munro lucieron dorsal en la ya por entonces carrera ciclista por antonomasia. El valiente Opperman, el sacrificado Bainbridge o el exitoso Mockridge, quien volvería de los JJOO de Helsinki’52 con dos medallas de oro, fueron algunos de los nombres que hicieron de meta volante para que Phil Anderson, en 1981, hiciera lucir a Australia el maillot amarillo por primera vez.

Pasado un cuarto del siglo XXI, la australiana es una de las banderas más comunes en el ciclismo profesional, nuestros ojos se han aclimatado a que exista hasta un equipo World Tour que la pasea por todos los confines del planeta. La globalización del ciclismo ha favorecido de forma evidente y raro es el equipo de élite que no tenga a un aussie entre sus ciclistas.

Sucedió en Pla d’Adet, final de la quinta jornada, donde el ciclista de Peugeot compartió protagonismo con dos de los grandes: Lucien Van Impe y Bernard Hinault. Ese 30 de junio marcó un hito en la historia del ciclismo al vestir de líder del Tour al primer corredor no europeo. Desde ahí, Australia no ha hecho más que crecer en el panorama ciclista internacional.

De hecho, el propio corredor de Melbourne (aunque londinense de nacimiento) lució el amarillo durante nueve días en 1982, además de llevarse una etapa. Fue un ciclista correoso al que pronto se empezó a valorar en su justa medida. Ganó, entre otras carreras, la Dauphiné, la Vuelta a Suiza o la Amstel Gold Race, lo que le hizo ganarse un hueco entre los más conocidos del pelotón.

Más tarde llegarían otros como Neil Stephens, Patrick Jonker o los más exitosos Robbie McEwen y Stuart O’Grady. Los noventa continuaron la senda abierta por ‘Skippy’ y llevaron el listón más allá. Uno se convirtió en un velocista dominante, de esos que incluso llegó a callar a Lance Armstrong puño en alto durante sus años de dominio. El otro conquistaría el primer monumento para los oceánicos, la París-Roubaix de 2007. Solo Matthew Hayman, casi una década más tarde, conseguiría levantar el adoquín en compañía del himno australiano.

En la Milán-San Remo de 2011 triunfó el sorprendente Goss, seguido del correoso Simon Gerrans en 2012, quien a su vez inscribiría su nombre en Lieja-Bastogne-Lieja. Por allí ya habitaban velocistas de la talla de Baden Cooke o Graeme Brown, así como prologuistas como Bradley McGee. Sin embargo, por allí pedaleaba el mejor corredor australiano de la historia y que merece un punto y a parte.

Cadel Evans surgió del MTB, casi conquista un Giro casi sin querer y, además, fue el primer austral en llevarse a casa el maillot arcoíris de campeón del mundo. Ganó el Tour de Francia en 2011 y confirmó desde allí que Australia había llegado para quedarse. El ciclista de Katherine se erigió en una referencia para futuras generaciones. Es más, creó la Ocean Race que lleva su nombre y permite ampliar el calendario en las antípodas al unirlo al Tour Down Under, histórico evento deportivo que lleva treinta años abriendo cada temoorada.

Ser podio en las tres grandes, como él, alentó a nuevos corredores que copiaron semejante objetivo. Jack Haig o Ben O’Connor obtuvieron un puesto en el cajón de la Vuelta a España. Sin embargo, el segundo mejor logro en Grandes Vueltas fue el que Jay Hindley obtuvo tras ganar el Giro de 2022. Tuvo en su mano ganar el de 2020, el de la pandemia y punto de inflexión para su carrera deportiva. Mientras tanto, Rohan Dennis controlaba el ganado en el Stelvio para facilitar la victoria a Tao Geoghegan Hart, compañero de Hindley en el Sky.

Dennis fue campeón del mundo contrarreloj, aunque un gran número de victorias en la competición recae sobre otro australiano Michael Rogers. Ganaban en vueltas de tres semanas, en clásicas, al sprint. Era la época dorada de Australia en el ciclismo, culminado con la creación de un equipo top al calor del proyecto Green Edge. Richie Porte se convertía en uno de los mejores ciclistas del mundo en pruebas de una semana.

Michael ‘Bling’ Matthews ha sido otro de los ciclistas australianos más prestigiosos. A su gran punta de velocidad e inteligencia, hay que añadir la colonización de todas y cada una de las disciplinas del UCI World Tour. Caleb Ewan o Kaden Groves han dominado al sprint del mismo modo que Simon Clarke y otros han escalado puestos en las montañas. En cambio, será Jay Vine quien, tras dominar el novedoso ciclismo virtual, dé un salto de calidad para convertirse en uno de los australianos de mayor calidad junto a Luke Plapp.

Faltan peldaños, como por ejemplo saltar al campo de los dominadores, ya sea en las grandes vueltas, o conquistar terrenos aún inexplorados como Lombardía, Flandes o la propia Vuelta a España. Lo demás ha caído en este proceso de conquista que el ciclismo aussie ha acelerado en los últimos años.