Llega 2026, la decimoséptima temporada en el currículum profesional de Mikel Landa, quien además de hojas en el calendario, estrena reto. Si el recordado Marino Lejarreta hizo de la participación en las tres grandes vueltas en un mismo año uno de sus grandes éxitos y un signo de su personalidad como ciclista, el de Murgia no querría dejar la bicicleta sin haber cumplido con una proeza poco común hoy día.

Lo más próximo, intentonas puntuales aparte, han sido los casos de dos fondistas como Thomas De Gendt y Adam Hansen. La restricción actual del calendario a una o, lo sumo, dos grandes por temporada es el molde más extendido. Parece que es un dogma que se va a quedar a vivir durante un tiempo en el ciclismo profesional.

Son ya 36 años los que cumple Landa. Tras la marcha de Remco Evenepoel a Red Bull-Bora, el escalador vasco regresa a la capitanía en solitario de una formación. Menudo cambio de planes, pues aterrizó en Bélgica para ser guardián y el sultán, en mitad de la refriega, cambió de palacio. El alavés es el nuevo dueño del trono de Soudal, al menos en lo que a vueltas por etapas se refiere. Los belgas aúnan juventud y veteranía por los cuatro costados y se encuentran en una regresión progresiva a la dedicación en cuerpo y alma a las clásicas.

Landa les viene muy bien, aún conservan restos de corredores de grandes vueltas, es relativamente fiable y todo apunta a que sus piernas tienen más pasado que futuro. Vamos, que hará su papel y se irá. Es más, termina contrato en 2026. De cómo se desarrolle dependerá que si quiera le ofrezcan la renovación. O que eventualmente él la aceptase, que también está por ver.

Hace escasas fechas declaró su predilección por Astana entre los varios conjuntos que han disfrutado de su presencia. ¿Será un guiño a futuro? Lo normal hubiese sido tener el gesto con Soudal, que es quien asume la nómina de este gran ciclista en la actualidad, ¿no? Comenzar a plantearse la retirada es también una opción, aunque Landa es tan imprevisible que tal vez encuentre mayor fiabilidad en las piernas de su senectud deportiva que en las de esos primeros años en el profesionalismo.

Ganar le es complicado. No levanta los brazos desde 2019 (aún en las filas de Movistar) y no acumula victorias desde la edición de 2021 de su adorada Vuelta a Burgos. Puestos a buscar objetivos más realistas, la victoria de etapa en el Tour que le introduzca de lleno en el club de ganadores en las tres grandes vueltas bien podría convertirse en uno. Porque si consigue superar el reto de finalizar las nueve semanas que suponen Giro, Tour y Vuelta, poco le quedará por lograr a Landa en el profesionalismo más allá de enfervorecer a tantos y tantos declarados ‘landistas’.

Antes de colgar la bicicleta, tiene otro reto pendiente, como es disputar su último año ciclista en las filas del Euskaltel Euskadi. Nunca ha escondido que le gustaría que así fuese, habiendo sido además uno de los héroes que rescató de la desaparición a la mítica escuadra naranja. Que la gran bandera del ciclismo vasco regresase a casa supondría un gran impulso para un equipo que no pasa por su mejor momento, en el que la gran noticia es que sus compañeros de categoría en España se reparten las plazas en las rondas de tres semanas.

Ellos, fuera de los treinta mejores, no pueden optar. El eventual regreso de Landa serviría de acicate, cómo no, para renovar energías y mirar con más optimismo al futuro que al ánimo de repliegue. El vasco les salvaría por segunda vez, al menos a nivel mediático. Estaría por ver en qué situación se encuentra la norma de clasificación para las grandes. Tal vez por eso quiera empacharse ahora de ellas.

En cuanto a calendario, Landa disputará 19 días de competición antes del Giro de Italia. No son muchos, es cierto. Pero, como bien sabe de las ocho participaciones anteriores, el pescado se venderá en la última semana, donde se dan cita las mayores acumulaciones de metros de desnivel. Más tarde llegará el Tour y, si el verano va bien, la Vuelta, con uno de los trazados más exigentes que se recuerdan.

Por tanto, reducir la ingesta previa de kilómetros en carrera parece una muy buena idea. Buscará sensaciones, como otros años, en Volta a Catalunya e Itzulia, unas alturas de año en las que gusta de empezar a calibrar. Todo por y para las grandes, que es el escenario más reconocible en él. También lo son los tortazos contra el suelo o las motos que acaban dejándole en el dique seco por semanas. Como continúe con la racha, cambiarán el clásico DNF por el MLM (iniciales de Landa). En el Tour ha gozado de mayor continuidad y fortuna, acabando todos y cada uno de los siete que le han visto participar.

Mientras tanto, sin presión, a disfrutar. Y disfrutar toca. La cada vez más perenne sonrisa que se vislumbra en cada entrevista refleja otra aún más amplia en todos aquellos que le siguen, a sabiendas de que su ídolo no les decepcionará. Como dirían los taurinos: hombros o enfermería. Con Mikel hay pocos lugares intermedios.

Es un ciclista que siempre rememoró a esa raza en peligro de extinción como son los escaladores a la antigua, los de largo alcance, alejados del todocampismo que actualmente define al 95% del pelotón. Ya desde el momento en el que se agarra abajo y arquea la espalda para levitar sobre los pedales su sumbra refleja a Pantani, a Gaul o a uno de sus referentes, Roberto Heras. El ciclismo necesita ciclistas así, absolutos. De esos que aún en un periodo tan acomodaticio y distraído como el actual obliga a los telespectadores a ponerse en pie con él.

Foto © Soudal Quick Step