Los grandes días de la temporada acechan. Van der Poel aparece, vence y se larga, sembrando el pánico por donde pasa. Pogačar espera impaciente su entrada estelar en escena junto al telón. Los dos han fagocitado una obra ciclista que gira en torno a las decisiones de sus gabinetes. Tal es el miedo que despiertan entre los demás líderes que huyen despavoridos de una lucha en la que son meros figurantes, actores de reparto de un teatro de dos megaestrellas que esconden armas ante los grandes duelos.

El encanto procede de la superioridad de Tadej Pogačar en las montañas y en las generales. Las clásicas de primavera ponen el escenario y el equilibrio necesarios para ver carreras del jefe esloveno con rival. Una función poco común en nuestros días, cada vez más acostumbrados a la tiranía de alguno de los grandes. Estas carreras de un día aúpan a Van der Poel al nivel del líder del UAE. A esfuerzos cortos, el pronóstico no está tan claro, y eso es una delicia para el espectador, que disfruta de la lucha titánica entre dos corredores que huelen a leyenda.

El tapete contiene adoquín, cotas, tierra y, a veces, una combinación de varias de ellas. Serán apenas tres días contados en los que se alineen los dos astros. Tres días esperadísimos que valen la espera. La lucha por los monumentos está siendo épica. Pogačar acumula diez, por ocho de su enemigo número uno. El objetivo del corredor de UAE va mucho más allá de convertirse en el ciclista con más triunfos en estas cinco clásicas, algo ciertamente al alcance de su mano si la lógica impera. Tadej lucha por ser el primer ciclista no belga en conquistar todas, siendo un coleccionista de gestas como él.

Por su parte, Van der Poel elige carreras con la calculadora en la mano. El ciclocrós es un amante exigente y cada otoño se rodea de barro para aumentar esa leyenda. En carretera, pocas fechas, pero todas para ganar. La exigencia de cada una de estas citas con la historia no le permite demasiados alardes fuera de ellas. Como él compite a pierna cambiada, guarda cartas que otros no tienen. El más parecido en biorritmos podría ser Van Aert, pero el mal fario unido al momento delicado que vive el equipo, ha dejado a Mathieu sin su rival original. El resto juega en otra liga, es justo reconocerlo.

En San Remo todo apunta a fiesta de dos, con algún convidado de piedra que pueda jugar un papel. En Flandes pinta a duelo histórico y en Roubaix será de nuevo Van der Poel quien cuente con el servicio. Las Ardenas cogen muy lejos del ciclocrós, pero algún año que Pogačar reniegue de ‘la decana’, el del Alpecin podría ajustar cuentas con ella, más aún con el cambio de recorrido. Lombardía se aleja de su mano como un globo de helio. El sueño de los cinco es ciertamente complicado para él.

Lo normal sería que el esloveno acabe 2026 con doce monumentos y el holandés replicante con diez u once. Pero el ciclismo es tan bello que en cada curva todo un horizonte puede cambiar. Y sino que le pregunten a ambos protagonistas, que malas experiencias con el destino tienen para ejemplificar. Carrera a carrera, golpe a golpe, pedalada a pedalada, el duelo entre Tadej Pogačar y Mathieu Van der Poel ya es de época y pasará a la historia como aquellos entre Merckx y De Vlaeminck o Boonen y Cancellara.

Inmejorable es el hecho de que esas citas para intercambiar golpes no se reduce a las vallas, sino a ataques sin piedad a más de dos horas de meta. Desde ahí, remar uno contra otro hasta que a uno le asalta la falta de experiencia, la fortuna o el destino. El problema de un duelo tan apasionante es que cuando uno de los dos deserta, se produce un vacío tan inmenso en el siguiente escalón que el ciclismo pierde encanto. Y emoción.

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