Para sorpresa de nadie, Tadej Pogacar hizo la de siempre: arrancar a 80 kilómetros de meta y cruzar en solitario la línea de meta dos horas más tarde. Ni Merckx, ni Hinault, ni nadie. Un dominio tan insultante en todas y cada una de las carreras no había tenido lugar jamás. Antes, el primer día de competición era para coger ritmo, como máximo ganar un sprint reducido. Debutar y, sin competición en las piernas, destrozar a corredores en el top de su forma es una fotografía original del ciclismo postpandémico, un cuadro inimaginable hace diez.

Que si Del Toro iba a contar con el beneplácito del gran líder para llevarse la carrera, que hasta dónde podía llegar Paul Seixas, que quién iba a ser el ciclista que más aguantase el duelo a Pogacar… Esos eran los grandes debates en línea de salida. Las respuestas: no, segundo clasificado y Seixas. El francés sale muy reforzado por haberle plantado cara al emperador, derrotando por el camino al príncipe de UAE. Promete este terceto de cara al Tour de Francia. Pero es que con Tadej en línea de salida, existe poca trama y el argumento, reconozcámoslo, se cae un poco.

Viendo el despegue en Strade Bianche, cabe poca duda del quinto Tour o del tercer Mundial. Solo Van der Poel parece capacitado para descabalgarle del primer puesto en alguna carrera específica. Y no siempre vamos a tenerle presente o dispuesto a batirse porque sus pantallas serán otras. Ya ni siquiera Jonas Vingegaard parece argumento suficiente para creer que hay partido. Pero no tiene por qué ser una mala noticia. Hay gente que disfruta muchísimo de una carrera decidida en este formato, por mucho que se haya repetido hasta la saciedad.

Otra, entre los que me incluyo, no. Recordemos que UAE partía sin los lesionados Wellens y Narváez. El primero arrasó en la Clásica de Jaén, con raíces bastante similares a esta maravillosa Strade Bianche. El segundo descolgó a Vingegaard en Hautacam y decantó el Tour pasado sin ser un escalador puro. Con ellos, hubiesen tenido claras opciones de copar el top 3 en exclusiva. Esa concentración de talento ayuda muy poco al espectáculo, no es nada nuevo. Tampoco es la primera generación en la que acontece semejante problemática y aquí seguimos.

Por tanto, un día más en la oficina para Pogacar. Le quedan 19 victorias para igualar el listón de 2025. Las imágenes con el maillot arcoíris surcando en solitario las colinas de tierra y las nubes de polvo no son originales. Imagino que, como dominador, tiene derecho a tiranizar carreras o hacer fosfatina los sueños de sus rivales antes de empezar. Pero, me imagino, que los aficionados que no comulguen con ver año tras año una repetición de la misma carrera tendrán también el derecho a que no les guste.

Ojalá en las piedras, en Lieja o en el Tour Pogacar encuentre rivales a la altura de sus ambiciones. Algo que no es fácil. Si es así, que gane el mejor, que seguramente sea también él. Sin que la emoción signifique exactamente que se jueguen las carreras en las vallas, un poquito más de competitividad no vendría nada mal. De ese modo, los que disfrutan con este ciclismo seguirían contentos, mientras que quienes languidecemos ante el aburrimiento de saber qué va a pasar en la vida tendríamos también argumentos para contentarnos.

Fotos © AFP / RTVE