Cuando pensamos en las cimas míticas del Tour de Francia, la mente viaja de inmediato a las vertiginosas alturas del Tourmalet o al Galibier. Sin embargo, la verdadera historia montañosa de la Grande Boucle comenzó mucho más abajo, a 1.161 metros sobre el nivel del mar, en el macizo del Pilat. El Col de la République (también conocido como Col du Grand Bois) tiene el honor histórico de ser el primer puerto de más de 1.000 metros jamás ascendido en el Tour de Francia, inaugurado en la segunda etapa de la edición fundacional de 1903.
Pero más allá de su valor geográfico, este puerto es recordado por albergar una de las historias reales más oscuras, salvajes y rocambolescas en los anales del ciclismo mundial: la emboscada de 1904.
La noche en que el ciclismo se volvió un asunto de bandas
En los primeros años del Tour, las etapas eran maratones inhumanas de más de 400 kilómetros que se corrían, en gran parte, bajo el manto de la noche profunda. Durante la segunda etapa del Tour de Francia de 1904, que unía Lyon con Marsella, los ciclistas debían afrontar las rampas del Col de la République en plena madrugada. El ídolo local de la región de Saint-Étienne era un corredor llamado Antoine Fauré. Sabiendo que su compatriota lideraba la ascensión, una horda de más de 200 fanáticos locales armados con palos, piedras y puños americanos se apostó sigilosamente entre los pinos de las zonas más oscuras del puerto.
Su objetivo era simple: asegurarse de que nadie pudiera dar caza a su héroe. Cuando el vigente campeón del Tour, Maurice Garin, junto con otros favoritos de la general como el italiano Giovanni Gerbi llegaron a la zona, el infierno se desató. Los aficionados saltaron a la carretera como un ejército de sombras, derribando a los ciclistas de sus pesadas bicicletas de hierro. Una batalla campal sobre el asfalto. La agresión fue brutal. Gerbi fue golpeado con tal saña que terminó con los dedos de una mano fracturados y tuvo que abandonar la carrera.
A Maurice Garin le tiraron al suelo y comenzaron a patearle en la cabeza y las costillas mientras le gritaban: "¡Asesino! ¡Te vamos a matar aquí mismo!". Fauré, ajeno al caos que dejaba a sus espaldas, seguía pedaleando hacia la cima en solitario. La masacre solo se detuvo por dos factores providenciales: la defensa de los propios ciclistas y los corredores agredidos, que no se quedaron de brazos cruzados. Se defendieron con sus propias bombas de inflar (que en esa época eran tubos de metal macizo muy contundentes).
Disparos al aire
Los comisarios y los directores de carrera, que viajaban rezagados en los rudimentarios automóviles de la organización, llegaron al lugar del conflicto y tuvieron que sacar pistolas y efectuar disparos al aire para dispersar a la multitud enfurecida. Con los rostros ensangrentados, la ropa desgarrada y las bicicletas maltrechas, Garin y el resto de los supervivientes volvieron a subirse a sus máquinas para coronar el col, jurando venganza deportiva.
El escándalo de aquella noche fue de magnitudes nacionales. Henri Desgrange, el estricto e indomable creador del Tour de Francia, quedó tan horrorizado por la falta de deportividad, el salvajismo y el peligro de muerte al que se expusieron sus corredores que tomó una decisión radical: castigar a toda la región sin Tour. Desgrange borró por completo el Col de la République del mapa del ciclismo.
El Tour de Francia no volvió a pisar este puerto durante los siguientes 46 años, esquivando la zona hasta 1950. Al año siguiente de la agresión (1905), el Tour introdujo el Ballon d'Alsace para sustituirlo como el gran reclamo montañoso, y la mística del primer puerto cayó poco a poco en el olvido del gran público. Hoy en día, el Col de la République es un lugar de peregrinación tranquilo, famoso por albergar un monumento a Paul de Vivie (apodado "Vélocio"), el padre del cicloturismo francés.
Sin embargo, cada vez que un ciclista corona su cima, pedalea sobre las mismas carreteras coloniales donde el Tour casi muere de éxito por culpa de una noche de locura y disparos en la oscuridad.
Foto © 1001puertos.com
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