Ineos heredó la corona de Sky, puso de rodillas a los nuevos aspirantes a rey y paseó la espada de hombro a hombro. De Wiggins a Froome, de Froome a Thomas, de Thomas a Bernal y después de Bernal, nadie. Ahora Onley. Intentaron blandir la espada varios corredores cuyos brazos no acabaron por dar la altura esperada. Sí, este Ineos nada tiene que ver con aquél. Y sí, la obsesión por elevar lo británico triunfó, se marchó y actualmente amaga con servir de nuevo acicate a un proyecto que lleva demasiados renacimientos en el último lustro.

Ahora es Oscar Onley quien aparece en el radar, el último británico triunfante en el Tour, la sensación de vivir de 2026 con GB y Escocia en la bocamanga del maillot. Apuestas rotas pasadas conviviendo con las futuras. El de Kelso irrumpe con fuerza. Parecía un uphiller, un caballero de trazo corto. Sin embargo, en julio rebasó las montañas del horizonte y se posa avieso en las nubes de la expectativa, esas que duran lo que tarda un ciclista en estrellar su cuadro contra la pared del Tour.

Lástima de desengaños. Qué poco nos permiten ver esplendor en momentos de luz. Onley puede ser un pez más en el océano, uno de tantos transeúntes del ciclismo, cómo no. Pero ahora es el momento en el que su mirada luce la mayor intensidad del color azul acuarela. Un caballero negro, de capa helada, que sedujo al proyecto y que busca ser pieza, por el momento, de un puzle que tiene la Union Jack de fondo. 

Ningún ciclista exitoso queda exento de actualizar suerte en el Tour. Como la máquina tragaperras que te deja a una moneda de los tres fresones. Los mosquitos van a la luz y el ciclista, en paralelo, al amarillo del Tour, es ley de vida. El que no pierde la mirada por julio es porque en el fondo sabe que se trata de un mes fuera del alcance de su mano. La zorra y las uvas, vamos. Onley está en una de esas fases, en espera por conocer hacia qué estrella dirigir su nave.

Gustan sus declaraciones. El ciclista británico habla sin tapujos de dopaje y admira a Contador, garantía de que al menos su admiración ha consumido ciclismo de ataque. Ha estrenado el palmarés con el World Tour como coto de pesca. Del hype pasó a la victoria y de la victoria a la esperanza. Ya es más que eso. Ineos necesitaba un símbolo sobre el que construir. Había otros, como Carlos Rodríguez, por el que los británicos desembolsaron una importante cantidad. Tomar decisiones tardías es lo que tiene. Con Onley ha tocado algo similar. Con Remco el problema debió ser el dinero. No podía ser un problema en esta ocasión.

Porque Evenepoel es belga y Rodríguez español. Pero Onley es británico y el desembolso en una entidad manejada por valores y estrategias nacionales iba a cobrar más sentido. Así que ahí está, comenzando un 2026 ilusionante al máximo. Situado en la pole position para aspirar a todo. Rivales tiene para dar y tomar, pero también la ilusión de ser suficiente como para encabezar una estructura tan potente como Ineos. ¿Cuántas veces habrá soñado Oscar con este momento? Que el sueño no se convierta en pesadilla.

Foto © Ineos