¿Hemos subestimado a Pello Bilbao?
No, no estamos hablando de Eddy Merckx. Tampoco de Alejandro Valverde o Alberto Contador, vaya por delante. Tampoco de su excompañero de equipo y paisano, Mikel Landa, habitante de un planeta muy distinto en lo mediático, en lo novelesco. Pello Bilbao es ese ciclista completo, que lo hace todo bien, que es incluso un ganador en grupos reducidos debido a la buena punta de velocidad que atesora y a su olfato. Nunca ha dado una batalla por perdida y, gracias a ello, ha construido un palmarés que firmarían muchos. Pero también un carisma que hace que el anuncio de su retirada haya producida una pena inmensa en el aficionado.
El ciclista natural de Gernika cuelga la bicicleta con el objetivo de disfrutar de una vida más tranquila. El día a día de un ciclista World Tour como él ha aumentado su exigencia a unos niveles que no son aptos para cualquiera. Pello cumple casi dos décadas de ciclismo y es comprensible que recurra al manido refrán de cerrar una puerta para abrir una ventana. Etapa es una palabra tan ciclista que empieza para acabar, como ahora toca poner fin a la carrera de un corredor que está todavía a gran nivel, ejemplificado con el sexto puesto en su amada Itzulia.
Uno de los momentos cumbres de su periplo por el ciclismo puede ser el cuarto puesto en el Giro de Italia de 2020, el pandémico. En aquellos tiempos, la atención estaba puesta en otros asuntos bastante menos banales, pero quedó para la historia la forma en la que tocó el podio con la punta de los dedos. Nadie contaba con él, como siempre. Y es curioso cómo un ciclista de tanta calidad ha pasado de puntillas para el público generalista. Ganar a Alaphilippe, a Landa, a Miguel Ángel López, a Geraint Thomas, a Luis León, a Bardet o a Yates, entre otros, no está al alcance de cualquiera. Con esa hoja de servicios, se puede dibujar un boceto de la dimensión de este ciclista.
Triunfar en el Tour de Francia le consagró. Le dio portadas, le puso en el mapa para mucha gente. Lo mediático, su asignatura pendiente, respiró aquel 11 de julio de 2023. Junto a la polémica por la no selección para los Juegos Olímpicos de Tokio, discreto enfrentamiento con el seleccionador Pascual Momparler, fue su prime, que dirían los modernos. Síntomas de gran ciclista, de esos polifacéticos tan alabados hoy en día. Y fiable, el yerno que toda madre querría. Pello se ha ganado esa fama, por cardar la lana, demostrando que a veces el pensamiento en el largo plazo y la mesura casan muy bien con el ciclismo.
¿Se le ha valorado como se debería? Habrá opiniones para todos los gustos. Tal vez podía haber acaparado mayor atención de los medios especializados, distraídos con figuras más rentables, más cercanas a la inmediatez. Genios de los que él fue discípulo, y en muchos casos superó. Correr en equipos lejanos como Astana o Bahrain tampoco ha ayudado. Pero poca opción le quedó tras la desaparición de Euskaltel en 2013. Caja Rural se aprovechó de la ceguera de tantos para servir de trampolín para el vasco. Ahora, a toro pasado, seguro que más de uno y de dos se arrepienten de no haberse aprovechado de la circunstancia.
Y llega el adiós, con la certeza de que en activo no se le habrá hecho la justicia que el paso del tiempo pondrá en valor. Valores como la humildad, la constancia, el trabajo y la discreción han sido defendidos por el mejor embajador de la clase. No todo es hype, ni declaraciones grandilocuentes. Que no todo es fama, sino también lana, como ha demostrado durante tantos años un ciclista digno del aplauso de todos como Pello Bilbao. Ondo izan!
Foto © Sprint Cycling Agency
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