¿Qué pasa con el Mortirolo?

¿Qué pasa con el Mortirolo?

Salvo que Luca Guercilena, nuevo mandamás del Giro de Italia, lo remedie próximamente, la corsa rosa seguirá dando de lado al tal vez mayor mito de la carrera italiana. El Passo di Foppa, más conocido como Mortirolo, se ascendió por última vez en la última de las ediciones prepandémicas. Es decir, la de 2019, con Richard Carapaz cruzando la cima vestido con la maglia rosa de líder y encaminándose a esa primera gran victoria. Desde aquel 28 de mayo, bajo un aguacero terrible y con la baja de última hora del Passo Gavia, no se escalan las rampas más temidas del ciclismo profesional.

Muchos dirán que el Mortirolo ha sonado en titulares durante todos estos años, y están en lo cierto. Parte de la prensa especializada ha utilizado el paso por la vertiente "fácil" del puerto para obtener clics de forma engañosa. Porque no, el Mortirolo por la cara de Edolo no es el Mortirolo. Los cicloturistas lo saben bien y por ese motivo sufren a decenas para alcanzar la cima por el lado de Mazzo in Valtellina. Por la cara sur no cruzaría nadie media Europa. Pues bien, esa es la que afrontan los ciclistas una y otra vez con el fin de humanizar la ración de montaña que ofrece el Giro cada año.

La participación de figuras, la clave

Dulcificar la apariencia de alta montaña para atraer participación. Ese es el motivo, hasta donde llegan nuestras indagaciones, por el que se ha dejado en el olvido a uno de los ingredientes que hizo del Giro lo que es hoy: una de las carreras más esperadas. El papel de esa alta montaña imposible, que daba auténtico pavor, ha perjudicado la participación de los mejores ciclistas del mundo, reticentes a correr el riesgo de quedarse sin fuerzas en las carreras previas al Tour de Francia. Que parezca que sí, con titulares en torno al temido Mortirolo, sin subirse por el lado realmente decisivo.

Una pena el divorcio entre el Giro de Italia y su alta montaña. El miedo a las cancelaciones por mal tiempo y al plante de los corredores ha provocado que otros mitos como el Stelvio o el Gavia hayan perdido el paso. El Mortirolo se corona a 1.800 metros, pero en el coloso de la Valtellina el problema es el poder mediático. Que aparecer en el menú que presente la ronda transalpina acabe por parecer un aquelarre de montañas imposibles como lo era antaño. Con tan solo esta subida, un ciclista que no destaque en la escalada no puede dormir tranquilo si llega con opciones.

Son 12 kilómetros por encima del 10% de media en los que puede pasar cualquier cosa. La carrera entra de una forma y suele salir de otra. Que le pregunten a Evgeni Berzin, a Abraham Olano, a Fabio Aru o a cualquier otro que haya sufrido sobremanera en estas rampas. Sitio donde se dan citan los grandes escaladores y para el que miles de aficionados recorren en procesión los kilómetros que sean menester para jalear a sus ídolos. El Mortirolo arrastra mucho y marca la diferencia entre un tipo de carrera y otro.

El aficionado, el gran perjudicado

Los tiffosi, los grandes perjudicados por esta ausencia. Del mismo modo que el Colle delle Finestre ha acabado por asentarse y es visitado recurrentemente, pese a los tramos no asfaltados, otros gigantes de la escena ciclista quedan fuera del circuito. La Marmolada, otro de los grandes nombres del Giro de Italia, se ha ascendido en una única ocasión (como final de etapa) desde 2011. Más de quince años sin el paso de una carrera ciclista por la cima dolomítica por excelencia. Cinco acumula el Giau, si bien no tiene la misma trascendencia y no va a tener al mundillo cuchicheando sobre esta etapa durante meses.

La escala de prioridades ha cambiado sensiblemente, y he ahí la diferencia a la hora de afrontar el diseño de una carrera. Antaño se buscaba enganchar al aficionado con todos los elementos posibles. Ahora es al ciclista al que se tiene que, si no enamorar, al menos no espantar o enfadar. Esa es la dinámica que cambió Mauro Vegni con respecto a Angelo Zomegnan. Cuando lo económico sobrevive por delante de lo deportivo, mal futuro se augura. Esperemos que Luca Guercilena traiga nuevos aires al Giro de Italia y en ese equilibrio de fuerzas que tiran de ambos brazos consiga un menú que beneficie a todas las partes.

Casi 40 años de Mortirolo

El Mortirolo se estrenó para el gran público en 1990. En aquella edición que dominó con mano de hierro el italiano Gianni Bugno, esta montaña se afrontaba por su vertiente más amable, la de Edolo. La bajada se realizaba por la carretera que conduce a Mazzo in Valtellina, que, con la lluvia, se convirtió en una pista de patinaje. El ganador de la etapa, el venezolano Leonardo Sierra, besó el suelo en no menos de seis ocasiones. No se ha vuelto a afrontar el descenso por ese lado. En 1991 se estrenó en sentido contrario, subiendo por las empinadas pendientes que salvan 1.300 metros.

Desde entonces, un clásico entre los clásicos. En 1994, Pantani e Induráin lo mitificaron con aquella etapa entre Merano y Aprica que pasó a los libros de historia. En 1996, 1997 y 1999 se decidió la maglia rosa en sus rampas. En 2004, 2006 y 2008, pese a no ser el punto de ruptura, se vieron bonitos espectáculos con Foppa como punto culmen. En 2010 y 2015 se vivieron etapas decisivas, también muy recordadas. En 2019 no pasó prácticamente nada de gran relevancia. Eso sí, los corredores y los aficionados terminaron empapados por un aguacero.

Foto © Sirotti


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