El Tour de Francia es el juez supremo del ciclismo mundial. Para el gran público, un palmarés que incluye múltiples victorias en el Giro de Italia o en la Vuelta a España puede quedar eclipsado si el casillero de la Grande Boucle permanece a cero. A lo largo de la historia, ciclistas con un talento descomunal, capaces de dominar con puño de hierro partes del resto del calendario internacional, se han estrellado una y otra vez contra el asfalto francés.
Ya sea por coincidir con tiranos históricos, por caídas inoportunas o por una fatídica falta de sintonía con las carreteras galas, estos campeones son varios de los reyes sin corona de los Campos Elíseos.
1. Raymond Poulidor: el eterno segundo y el mito popular
Es imposible iniciar esta lista con otro nombre. El francés Raymond Poulidor es el arquetipo del ciclista legendario que jamás vistió el maillot amarillo, ni siquiera por un solo día. Pou-Pou, como lo llamaba con fervor el público francés, compitió en una de las eras más salvajes y competitivas de la historia, teniendo la mala fortuna de coincidir consecutivamente con dos caníbales del ciclismo: Jacques Anquetil primero y Eddy Merckx después. A pesar de no ganar el Tour, Poulidor poseía un palmarés de leyenda: ganó la Vuelta a España en 1964, se impuso en la Milán-Sanremo, la Flecha Valona y en dos ocasiones en la París-Niza.
Sin embargo, su idilio con el Tour se tejió a base de rozar la gloria. Subió al podio final en ocho ocasiones (tres veces segundo y cinco veces tercero) entre 1962 y 1976. Lo fascinante de su figura es que su condición de perdedor noble lo convirtió en un icono mucho más querido por el pueblo francés que el frío y calculador Anquetil. Poulidor demostró que a veces la resistencia ante la adversidad y la humanidad en la derrota forjan una leyenda mucho más duradera que el propio escalón más alto del podio.
2. Tony Rominger: el reloj suizo que chocó contra el gigante de Navarra
En la década de 1990, el suizo Tony Rominger era una máquina perfecta de rodar y escalar. Su palmarés en las otras dos Grandes Vueltas es excelso, situándolo como uno de los mejores vueltómanos de su generación. Rominger lo tenía todo para ganar en Francia: una capacidad superlativa contra el crono y una resistencia granítica en la alta montaña. El gran problema en la carrera de Rominger tuvo nombre y apellido: Miguel Induráin. En la edición de 1993, el suizo completó un Tour de Francia antológico, atacando en los Alpes y los Pirineos, pero tuvo que conformarse con la segunda posición final en París, a casi cinco minutos del gigante navarro. Tony demostró que se podía ser el ciclista más dominante del planeta durante diez meses al año, pero que el mes de julio pertenecía a otra categoría de atletas.
3. Primoz Roglic: la tragedia de la Planche des Belles Filles
Dando un salto hacia la era moderna, el esloveno Primož Roglič encarna la versión contemporánea de la fatalidad en el Tour de Francia. Pocos ciclistas en activo tienen un palmarés tan abrumador en carreras de tres semanas. Roglič es una leyenda viva de la Vuelta a España, habiendo conquistado la ronda española en cuatro ocasiones (2019, 2020, 2021 y su histórico tetracampeonato en 2024), además de poseer un Giro de Italia (2023) en sus vitrinas. Sin embargo, su relación con el Tour de Francia está marcada por el drama y las caídas. El momento cumbre de su tragedia deportiva ocurrió en el Tour de 2020.
Roglic vistió el maillot amarillo durante once etapas y llegó a la penúltima jornada —una contrarreloj individual en La Planche des Belles Filles— con la carrera prácticamente en el bolsillo. Lo que sucedió ese día es historia del deporte: su joven compatriota, Tadej Pogacar, completó una de las mayores exhibiciones de la era moderna, arrebatándole el liderato en el último suspiro. Roglic, con el casco desencajado y la mirada perdida, firmó un segundo puesto que supuso un golpe psicológico del que su idilio con el Tour jamás se recuperaría del todo, encadenando abandonos por caídas en las ediciones posteriores. Eso sí, se cobró venganza dos años después, si bien la victoria fue para su compañero de equipo Jonas Vingegaard.
4. Alejandro Valverde: Consistencia histórica sin la recompensa amarilla
El español Alejandro Valverde es uno de los ciclistas más polivalentes y longevos que ha visto el pelotón internacional. Capaz de ganar clásicas de un día, mundiales en ruta y vueltas por etapas, el Bala construyó un palmarés titánico que incluye la clasificación general de la Vuelta a España 2009 y la friolera de siete podios totales en la ronda española. En el Tour de Francia, Valverde siempre fue un factor competitivo de primer orden, pero sus características físicas —más explosivas que de resistencia pura en puertos encadenados a más de 2.000 metros— y las responsabilidades compartidas en la estructura del Movistar Team limitaron su techo en la carrera francesa.
Su gran recompensa llegó en el Tour de 2015, cuando tras años de caídas, abanicos y desfallecimientos, logró subirse al tercer escalón del podio en París a los 35 años de edad, escoltando a Chris Froome y Nairo Quintana. Un premio a la insistencia para un corredor que corrió con el corazón, pero cuya fisonomía no estaba diseñada para la tiranía del Tour. Ilusión por una carrera en la que brilló sobremanera en su debut.
5. Gilberto Simoni y los reyes del Giro que naufragaron en Francia
Durante finales de los 90 y la década de los 2000, existió una estirpe de escaladores italianos diseñados única y exclusivamente para los muros imposibles del Giro de Italia, pero que perdían toda su magia al cruzar la frontera francesa. El máximo exponente de esto fue Gilberto Simoni. Gibo fue el rey indiscutible de las montañas italianas, ganando el Giro de Italia en 2001 y 2003, y subiéndose al podio en otras cinco ocasiones. Simoni era un escalador de ritmos rotos, pendientes del 15% y ataques viscerales.
Sin embargo, cuando intentaba trasladar ese rendimiento al Tour de Francia, las largas y tendidas (en comparación) montaña francesas, sumadas a los infernales llanos y las exigentes contrarreloj de más de 50 kilómetros de la época, neutralizaban por completo su talento. Su mejor resultado en Francia fue un lejano 17º puesto en 1999, evidenciando que el ciclismo de la Corsa Rosa y el de la Grande Boucle requerían motores completamente diferentes.
Fotos © Varios autores
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