Tadej Pogacar ha ganado el Tour de Francia 2026, el quinto de su carrera. Antes de echar a rodar en Barcelona, todo el mundo sabía que sucedería y ha habido poco resquicio para la sorpresa. Desde que se vio cómo el esloveno y el mexicano Isaac Del Toro jugaron con los rivales en Montjuic, era muy fácil predecir cómo iban a desencadenarse los acontecimientos. Cambien a Remco Evenepoel por Jonas Vingegaard y tenían la foto hecha de antemano. La desgracia ha sido la única tónica sorprendente de una edición para olvidar pasada la cima del Tourmalet si no fuese porque el corredor de UAE da alcance a Jacques Anquetil, Eddy Merckx, Bernard Hinault y Miguel Induráin. Cuesta meterle en ese club del cinco, una experiencia que, por cierto, ya hemos tenido, aunque la memoria sea selectiva. Dominio, estadística y efectividad frente a espectáculo, emoción e incertidumbre.
Ha sido el Tour de la vuelta de los controles vampíricos. No esperemos que los murciélagos vuelen de día. Cada cual tiene que justificar un sueldo, hay que entenderlo. La verdad es que ni en eso ha habido emoción. El desdén competitivo del pelotón ha sido el habitual de las últimas fechas: una docena de corredores han peleado la clasificación general y el resto se han dejado ir en busca de etapas, recuperación o pasar el día sin más. Revelador el hecho de que el 13º en la general final ha finalizado a más de una hora. Por ponerlo en contexto, veinte años atrás era justo el doble: el 26º fue el primer ciclista a más de una hora del ganador. Cicloturismo profesional puro y duro. Cuando los ciclistas no dan todo en cada etapa quiere decir que las grandes vueltas han perdido todo su sentido.
Si los ciclistas se dejan ir en cada etapa, las grandes vueltas pierden todo su sentido
Las caídas y correspondientes abandonos de Jonas Vingegaard y Florian Lipowitz han sido lo más destacable fuera del guion. El alemán se vio inmerso en un amago de polémica (ni siquiera en eso hemos tenido salsilla) con Remco Evenepoel, compañero en Red Bull-Bora. Lo más emocionante fue ver al maillot amarillo intentar remontar a la fuga tres minutos largos en la subida a Alpe d'Huez. Con éxito. Lo más insólito ha sido ver al líder trabajando para un compañero de equipo durante las últimas etapas. Ha trabajado más Tadej Pogacar para Isaac Del Toro que al revés. La enfermedad estuvo a punto de llevárselo todo por delante, o eso pareció. Mal síntoma que el único aliciente sea que el líder o su equipo desfallezcan por motivos de salud. Ningún francés, italiano o español ganó etapa, un chaval de 19 años se coló entre los cuatro primeros y México se estrena en el podio de un Tour 2026 que es la segunda grande más rápida. Y nada más.
Y poco más. El público ha vuelto a responder. La organización, menos, entre amagos de recorte, falta de soluciones al calor extremo, mejorable gestión de las muchedumbres y lecturas surrealistas de la película de la carrera. No ha pasado nada, y eso que se trataba de una edición terminada en 6, usualmente con muchas intrahistorias que narrar. Sin ir más lejos, diez años atrás el líder no fue expulsado de carrera por incumplir el reglamento. Qué decir del pereirazo, del sexto de Induráin, del sexto de Hinault, del primero sin Merckx, del primero sin Anquetil... Hasta 2026, donde realmente no ha pasado nada más que ver a un esloveno abrir una puerta a la historia.
Fotos © ASO
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