Si el ciclismo masculino de la Fundación Euskadi vive sumido en una angustiosa agonía por rascar cada punto del ranking UCI y entrar en el dichoso top 30, el universo femenino del proyecto se enfrenta a un desgarro emocional todavía más profundo. El Laboral Kutxa-Euskadi, la estructura morada nacida para emular el viejo sueño de la marea naranja, pero adaptado a la revolución del ciclismo femenino mundial, asiste con impotencia a su propia desbandada de talento. Ciclistas firman por otras escuadras, gente del staff se marcha... ¿Qué está pasando ahí dentro?
En un mercado internacional feroz, donde los gigantes del World Tour se mueven con chequeras y rapidez infinitas, retener el alma del bloque vasco se ha convertido en una quimera romántica. Las piezas maestras que costó años forjar en la cantera hoy hacen las maletas hacia pastos más verdes, dejando tras de sí un vacío que trasciende lo meramente deportivo. El punto álgido de esta dolorosa diáspora se ha materializado en el adiós de su gran referente: Usoa Ostolaza.
Un jarro de agua fría
El anuncio de que la ciclista de Zarautz, auténtico mascarón de proa y corazón del vestuario, dejará la escuadra tras seis años de crecimiento. El anuncio ha caído como un jarro de agua helada en el seno de la afición vasca. Ostolaza no representa solo vatios o puestos de honor en la Itzulia o el Giro, encarna la filosofía de una corredora que se hizo ciclista al ritmo del proyecto. Un ideal que la estructura tenía como modelo a seguir, como miel para las futuras abejas.
Ver marchar a tu campeona es la confirmación más cruda de que las estructuras medianas están condenadas a actuar como meras escuelas para que los transatlánticos extranjeros recojan los frutos maduros. Como sucede en el ciclismo masculino y cada vez más en el deporte, pidiendo a gritos un gran reseteo. A esta salida capital se le une un momento de profunda metamorfosis estructural en los despachos. La transición técnica de cara a la temporada 2027, con la salida de Aitor Galdós o Ane Santesteban de la gestión deportiva para ceder el timón a Ion Lazkano, abre un periodo de incertidumbre en mitad de la tormenta.
Aunque la dirección se ha movido con rapidez para amortiguar el golpe atando jóvenes promesas de la tierra como Ayala Serrano o ciclistas de solvencia como Paula Patiño, el sentimiento generalizado es el de estar tapando grietas en un dique que la corriente internacional amenaza con desbordar. La fuga de talento no es un problema de gestión interna, es la consecuencia directa de un ciclismo globalizado que no tiene piedad con los proyectos arraigados a un territorio. Pero cuando todo sucede tan de pronto y sin descanso en el tiempo, es que ese río lleva más piedras de las que se cuenta.
La esencia, lo más grave entre lo observable
Lo que verdaderamente duele en las carreteras de Euskadi no es perder carreras, sino perder la identidad. El Laboral Kutxa se construyó sobre la firme promesa de que las ciclistas vascas no tendrían que exiliarse en equipos globalizados para disputar el Tour de Francia o las grandes clásicas de primavera. Sin embargo, se tendió a internacionalizar el equipo y se perdió la esencia del proyecto. Ver cómo el bloque de confianza que sostenía el armazón morado se disuelve ante las ofertas de escuadras con presupuestos de otra galaxia genera una mezcla de orgullo herido e impotencia.
Quizá debería henchir de orgullo por el trabajo bien hecho. Pero por el momento las miradas son todas de extrañeza, de desbandada. El equipo sigue adelante, reclutando juventud y reinventándose con la garra de siempre, pero el romanticismo ciclista ha vuelto a recibir un golpe de realidad: en el pelotón del siglo XXI, las raíces profundas ya no bastan para retener los sueños. Abandonarlas tal vez no fue la mejor decisión. Ver las alineaciones de los grandes eventos y tantas corredoras de fuera no ha sido el mejor impulso a un equipo que se está desinflando. Pero, ¿por qué?
Foto © Laboral Kutxa
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