Opinión: lo que el granizo se llevó (La Vuelta)

Opinión: lo que el granizo se llevó (La Vuelta)

Observen la fotografía, si puede ser, ampliada. Parece un cuadro de Rembrandt o de Lastman, y en realidad es un retrato del nuevo ciclismo rememorando los viejos tiempos. Tiempos en los que el ciclista hambriento iba de puerta en puerta pidiendo algo de comer o el acalorado rogaba permiso para rellenar la cantimplora de agua fresquita. Como si fuese Pekín Exprés. La escena fue entrañable a la vez que peculiar, con los ciclistas huyendo despavoridos para huir de las pelotas de golf que estaban lloviendo. Alguno encontró un paraguas, otros una cornisa, donde se refugiaban cual paloma. Todos de pie, como una escena de vagón de metro. De pronto, fueron entrando de pocos en pocos a una especie de hotel que pasó de forma involuntaria a la historia de la Vuelta. Font Romeu era una meta inédita y seguirá siéndolo. Mont-Louis pasa a la historia. Es una forma de ver el vaso.

También los hay que critican la suspensión de la etapa. Yo no, pero no puedo evitar criticar otros colaterales. A riesgo de equivocarme, son los corredores quienes paran. La organización después hizo suya la decisión. Como siempre, "para proteger la salud de los corredores", un clásico que solo aplica con la lluvia, el frío y análogos. Las tormentas se habían anunciado para las seis de la tarde, se dijo en la mañana e incluso televisión habló de ellas nada más iniciar la retransmisión. ¿No está el ciclismo capacitado para adelantar la etapa un rato? Menos influencers y más organizar "para proteger la salud de los corredores". Por cierto, vaya bochorno con el tema. Ya puestos a molestar al personal de los equipos y a los ciclistas, podrían haber contratado al Cobrador del Frac, que no son tan incómodos.

Creo que la etapa debió parar y paró. Me parece innecesario someter a los ciclistas a semejante tortura. Que en otra época hubiesen llegado como fuese es una realidad. Es más, en la primera Vuelta de Pogacar, 2019, se vivió una escena similar en Andorra, no muy lejos de la cima del Mont Louis. Por cierto, cada vez que llueve, perdemos la señal de televisión. Entiendo las dificultades técnicas, pero, señores, siglo XXI. En treinta años no hemos avanzado nada. Giro y Tour le llevan a la Vuelta años luz de ventaja con las retransmisiones. De paso, a ver si se deciden por un canal para emitir la carrera.

El problema de las suspensiones y cancelaciones es la acumulación de esfuerzos, como en los Alpes. De no haber estirado la goma en según qué momentos, se apoyaría mucho más cualquier decisión en favor del bienestar de los ciclistas. Pero uno empieza a pensar en la etapa de Milán del pasado Giro de Italia o la de París del pasado Tour de Francia y, hombre, un berrinche te llevas. Porque, en la época de los súper materiales y prendas, pasar del nivel del mar a los casi dos mil metros de altitud en manga corta me hace pensar que algo no cuadra aquí. Me morderé la lengua.

Así que, de momento, la Vuelta se resume en un prólogo ratonero ("para proteger la salud de los corredores") que pone en jaque los argumentos de la organización para omitir el paso por según qué sitios, la polémica de la influencer y la suspensión de la primera llegada en alto. Como dice un amigo, en la decimoquinta les abducen los marcianos. Menos mal que está Tadej Pogacar, porque da la sensación de que esto sería bastante anónimo y clandestino sin él, como las ediciones de principio de siglo, cuando la Vuelta era una riña entre españoles.

Foto © Burgos Burpellet BH

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