Nunca me hubiese imaginado escribir una frase similar en un artículo de ciclismo, pero Alberto de Mónaco tenía razón: Tadej Pogacar estará en la línea de salida del Principado. Lugar de residencia, por cierto, del esloveno. Vamos, que si quiere el 22 de agosto se lava los dientes en casa. Notición para la Vuelta a España y para una gran parte del mundo del ciclismo. Imagino que menos para quienes se las prometían muy felices en la lucha por conseguir el maillot rojo definitivo. Porque me da la sensación de que la primera posición tiene nombres y apellidos. Las dudas surgen más del lado de qué oposición se encontrará y quién asumirá esa función, si es que alguien se atreve y tiene arrestos y piernas para llevarlo a cabo.
Últimamente los rivales más cercanos ni salen a los cambios de ritmo del pentacampeón del Tour. Los favoritos del escalón inmediatamente inferior, que son todos los demás, juegan entre sí para ver quién queda en segundo lugar. Saben cuál es su liga, que no es otra que esperar a las migajas que les deje el UAE hasta en la cuestión de las victorias parciales.
Que Tadej Pogacar corra la Vuelta entra dentro de la normalidad, cómo no. De hecho, su carrera hace años que dejó de ser contra Jonas Vingegaard, Remco Evenepoel, Paul Seixas o, si apuramos, contra Isaac Del Toro. La lucha es con Eddy Merckx, con la historia, con el reto de convertirse en el mejor ciclista de todos los tiempos. Los ciclistas de su generación y de la siguiente viven en una galaxia muy, muy lejana. Sólo en las clásicas menos exigentes en lo altimétrico le cuesta despegarse de todos los demás. Porque lo táctico es el único punto débil del dragón del final del videojuego, y en llano es uno de los pocos recursos a aplicar. Otros serían empujar a los rivales, tirarles chinchetas, pero se iba a enfadar alguien.
Tadej Pogacar quiere el cromo de la Vuelta, es el que le falta para completar la página de las grandes. Tarde o temprano tenía que suceder y en 2025 la cosa ya anduvo cerca. 2026 es el año. La gente está encantada con la noticia y lo entiendo. Es un corredor que tiene carisma, que tiene una forma de correr que resulta atractiva. El reto con la historia para los que la seguimos de cerca es apasionante e ilusionante. ¿Pero? Pero a la hora de sentarse a ver ciclismo, es aburrido. Si eres aficionado de Tadej o esloveno, bien. Si a ti lo que te gusta es el ciclismo sin colores, complicado. Porque ya solo verle montar en bicicleta transmite. Lo que genera tedio es la repetición, la falta absoluta de incertidumbre. Muy poca gente va al cine sabiendo cómo va a terminar la película, quiénes son los malos y cómo los derrota el protagonista. A poco que se realice un análisis menos somero, se entiende que los dominadores acaban por cansar, por empalagar. A Froome, Armstrong e Induráin les han silbado en el Tour. Más aún si la competencia vive a años luz sin ni siquiera hacer ademán de intentar ponerle en problemas.
El Giro fue un claro ejemplo, con Jonas Vingegaard como favorito unánime. Se llevó un repóker de etapas más la maglia rosa. Dos años antes, Tadej Pogacar hizo lo propio dejando al segundo a más de diez minutos. Lo que vemos en estos casos es cómo un ciclista abusa de todos los demás. Ver una carrera de niños de 4 años contra hombres hechos y derechos no tiene mayor interés. Las etapas que todos tenemos en mente son porque hubo dificultad, un malo, un bueno, un nudo y un desenlace inesperado. Aquí por lo único que puedes apostar es por dónde, porque sabes hasta cuál va a ser el modus operandi: en clásicas, atacar a 80 kilómetros de meta para evitar avisperos. En vueltas, intentar dejar sentenciado todo en la primera etapa de montaña. Oye, si se plantea el reto de ganar más de 13 etapas para hacerse con el récord de Freddy Maertens, bien. Lo dudo por tener tan cerca el Mundial, los alardes quedarán para otra ocasión.
Imagino que ayudará a que salga más gente a ver las etapas, que las audiencias mejorarán (falta hace). Pero como competición pierde mucho. La Liga de fútbol despertaba más interés cuando veías un partido del Real Madrid contra el Valencia e intuías sin saberlo quién iba a ganar. Cuando Barcelona y Madrid pisaron el acelerador y los competidores se desinflaron para siempre, los demás hasta dejan a sus figuras en el banquillo pensando en partidos que sí pueden ganar. En ciclismo pasa parecido: los que no huyen de las carreras que el esloveno elige, parten con el segundo puesto como objetivo.
Los años de Lance Armstrong fueron tediosos. Nadie se acuerda, pero fueron siete años en los que parecía que nos habían robado el Tour de Francia. Con excepción de 2003 y momentos puntuales de los demás años, no hubo una gran oposición al estadounidense. El ciclista hoy extirpado del palmarés dominaba con mano de hierro las tres semanas de julio. Los aficionados nos refugiábamos en las otras dos grandes o las clásicas. Hoy día, todo ello es dominado con firmeza por Tadej Pogacar, hasta las vueltas de una semana que corre caen de su lado. No hay escape. Es imbatible y lo transmite. Gana por aplastamiento en febrero sin haber competido ante gente que ha arrancado en enero para llegar a tope de forma.
Merckx ganaba a veces a la remanguillé, con esfuerzo, por el sprint, sufriendo en más de una ocasión. Aquí no hay más protagonistas a lo largo del año que él, y eso nunca puede ser una buena noticia para el ciclismo. Ganar con tanta suficiencia quita resonancia a lo que consigues. Ganar con tanta asiduidad hace que lo extraordinario se convierta en rutina. Y la rutina, aunque a algunos les encante o la necesiten, es tediosa por definición. Ganar con tanta facilidad le quita gracia. Si todavía no tuviese detrás al equipo más fuerte tendría su aquel, pero...
Dicho todo esto, máximo respeto para quien lo vea de otra forma. Y alegría por quien lo disfrute. Ojalá tenga que desdecirme y la Vuelta a España 2026 resulte un auténtico espectáculo.
Foto © UAE
0 comentarios