Hablar de un ciclista cuyo prime data de los últimos noventa no habla bien de la edad de uno. El Pantani crepuscular también tuvo su encanto, pero la época de esplendor de este mítico escalador italiano ha sido de lo último en trascender al ciclismo. Casi cualquier persona que siguiera mínimamente el deporte sabía quién era ese calvo que escalaba montañas a toda pastilla. Marco fue una estrella en las épocas de máximo esplendor del ciclismo, si bien, como es conocido, su figura quedó un tanto ensombrecida para muchos por todos esos temas relacionados con el dopaje.

Su fallecimiento le encumbró aún más a la categoría de mito, algo bastante habitual con quienes nos dejan a tan temprana edad. Pero en el caso del transalpino había justificación. Y es que ‘el Pirata’ había llegado a mucha gente por su forma de correr. Siempre irreverente, siempre al ataque. Era de esos corredores que eran un seguro de espectáculo, porque estando en el pelotón y asomándose a las cuestas todos éramos conocedores de que algo iba a pasar. Y pasaba. Después ganaba o perdía, pero quien de verdad salía victorioso de esos duelos era el espectador.

En su época, las contrarrelojes marcaban demasiado las grandes vueltas. Los escaladores como él tenían que ingeniárselas para encontrar oro. En la actualidad, las llegadas en alto y las montañas son parte mayoritaria de los recorridos. Entonces, por contra, abundaba el llano y los kilómetros en solitario contra el viento y el reloj. Las manecillas pasaban demasiado deprisa para ellos, los más escuálidos, y se cobraban venganza cuando los puertos hacían acto de presencia. Eso sí, querer no era sinónimo de poder ni poder sinónimo de querer. Algunos reservaban para buscar fortuna en el último momento, cuando el riesgo era menor. Pantani citaba desde lejos, como los grandes.

Aún se recuerdan los ataques como el de La Marmolada en 1998, el del Galibier durante ese mismo verano, el de La Fauniera en la única ascensión a tan magnífica montaña. O los tantos y tantos retos a ciclistas de gran talla como Jan Ullrich, Lance Armstrong y compañía. Era sencillamente espectacular. La forma de escalar era única. Y el modo en el que ‘achicharraba’ a sus contrarios una delicia, aunque sus rivales opinarán de forma distinta. Marco, en cambio, nació en el Mortirolo, en aquel Giro de 1994 donde acabó con las opciones de Induráin. Es más, en su época de reinado, fue el único capaz de hacerle hincar la rodilla.

Y, aunque no pudiese ganar, lanzaba la carrera. Si no ganaba él, hacía perder a los demás. Que le pregunten a Armstrong por el Tour del 2000, una joya no suficientemente recordada. El americano no cayó, pero sufrió tanto que la leyenda cuenta que hizo una llamada en carrera al doctor Ferrari, su médico. El italiano le transmitió tranquilidad y en el llano camino a la Joux Plane Pantani se disolvió como un azucarillo. El problema es que también el maillot amarillo del Tour. Como decía: o ganaba él o perdían los demás.

Esas sensaciones de que algo iba a pasar sucedían con él y con muy pocos más. Sí, con Pogacar, es evidente. Aunque en el caso del esloveno con muchísima menos emoción porque se sabe quién va a ganar las carreras. Pantani no garantizaba el éxito, sino la trama. Además, tenía una habilidad increíble para añadir ciclistas a su causa.

En sus grandes días, nunca en solitario hasta los últimos kilómetros, han colaborado escaladores de todas las nacionalidades, pero todos de primer nivel: Escartín, Chava, Guerini, Gotti, Induráin, Hervé… Desde entonces, sólo Contador ha transmitido esa seguridad a la hora de dar espectáculo. Rara era la carrera donde el madrileño no lanzase ataques para ganar. En caso de que ganar él no fuese posible… que perdiesen los demás. Como Pantani.

Fotos © Sirotti