El carisma se tiene o no se tiene. Los árboles (véase Pogacar, Evenepoel o VDP) a veces no dejan ver el bosque, el encanto que se refugia detrás de ciclistas como Ben Healy. De haber habitado el ciclismo en una época normal, sería sin lugar a dudas una de las grandes estrellas del momento. Es como emitir el mejor documental jamás rodado, premio Pulitzer, en horario del Gran Hermano de su primera época. El irlandés, gentilicio que siempre cae simpático, tiene camino por recorrer hasta quizás alcanzar una edad en la que pase de víctima a verdugo.
La vida da muchas vueltas, pero cuánto Healy nos estaremos perdiendo por atender a tanto destello. Education First contiene en su plantilla a ciclistas de la talla de Richard Carapaz. Sin embargo, se siente que el nombre fuerte del maillot rosa es él, el ciclista apodado «The Miner». La combatividad y forma de implicarse en escapadas ha ganado muchas acciones en el corazoncito de los telespectadores, empujados por el aspecto desenfadado del nacido en Kingswinford (Reino Unido). Juega como un ganador y lo es. El problema es que no hay boletos a la venta en muchos de los escenarios top del ciclismo en la actualidad.
Carrera donde coincida con alguno de los bestias pardas que están tiranizando la escena, carrera en la que solo podrá aspirar a lo sumo a una foto compartiendo podio con ellos. Es una lástima al tiempo que una realidad para Healy. Le falta una pizca para estar a la altura necesitada en estos momentos. Las Ardenas deberían ser sus montañas, el coto de caza en el que este cazador debería sentirse en casa. Es por cómo son las subidas, también por época del año, donde las piernas de Ben florecen.
Faltan victorias en el palmarés. Por el momento, parece la clase de ciclista que destacará más por la calidad que por la cantidad. Corre valiente, sin complejos y sin espejos retrovisores, y he ahí uno de sus grandes debes, el derroche de bravura. Así encandila, está claro. Pero para su próximo cumpleaños, en septiembre, no vendría mal que sus allegados piensen en una calculadora. Esa raza más propia del sur que del norte de Europa es la que precisamente engancha, gana el aplauso como el escalador gana el final de la cuesta. Pero normalmente no hace ganar carreras.
Healy parece, además, un tipo feliz. Y eso se transmite. En un tiempo de polarización, de caos y de incertidumbre en todo el globo, encontrar una sonrisa perenne se le hace muy agradecido al espectador. El aspecto se sale de los cánones de ciclista de pelo corto y rostro liso en consonancia con las leyes de la aerodinámica. Ergo, se le reconoce entre tal marejada multicolor de cascos y maillots que hace del ciclismo una masa homogénea que permite poca distinción y mucho camuflaje. Entre el dominante azul y el eterno rojo, destaca el rosa de ese melenas con el que todo el mundo va.
El día que gana, como además es a lo grande y posterior a varios disparos al poste, se caen las redes. Solo por este hecho el irlandés se ha ganado un nicho en este deporte. Hoy en día es más bandera del ciclismo ofensivo que del EF, donde no cabe otro ciclista más reconocible que ese melenas entrañable que sonríe y contragolpea al aburrimiento desde el esfuerzo extremo. Con un par de pizcas de sal, sabrá mejor. Aunque por el momento el guiso desprende un olor estupendo. Healy forever.
Grande spectaccollo