La dimensión histórica de Nairo Quintana
Como sucede con toda persona que gana cierta notoriedad, la opinión crítica se hizo con cierto espacio durante el prime de Nairo Quintana. En parte, por la forma conservadora en la que afrontaba ciertas etapas. Porque lo que nunca ha estado en cuestión ha sido la calidad ciclística del chiquitín de Tunja, el ciclista más importante para la historia del ciclismo colombiano. Ni Egan Bernal, pionero en cumplir el #sueñoamarillo, ni Lucho Herrera, abrelatas en las grandes vueltas. Tampoco el olvidado Cochise.
Quien realmente abrió camino fue él, quien anuncia en estos momentos que lo deja, que se baja de esa bicicleta que le llevaba a devorar cuestas de la Boyacá de su niñez. Escalador que por fin huyó del cliché, del escarabajo irregular, incapaz de pelear de tú a tú contra los mejores ciclistas del mundo. Y de ganarles. Porque Nairo Quintana ha podido batir a todos los mejores de su generación. Se quedó la espinita del Tour, pero faltó cálculo y sobraron miedos. El miedo a ganar suele ser el primer rival. Para Nairo, el definitivo.
Se le puso cara de ganador de Tour cuando le dio el arrebato rebelde camino de Plateau de Bonascre, año 2013. Allí empezó el rodeo de Chris Froome, lo que restó foco a semejante maravilla. El ataque en Pailhères apenas sirvió de liebre para que los favoritos librasen la primera gran batalla por el amarillo. Pero el aviso quedó. Debutar así en la montaña del Tour debió ser su seña de identidad y no la excepción. Bebiéndose todos los mares y levantando todas las piedras habría terminado por encontrar el tesoro. No hacerlo le condenó a ser el eterno segundo en París.

Cuando era el ciclista del momento, esquivó Francia en una decisión made in Movistar: hay tiempo, es muy joven. La ventana al éxito, sin embargo, no es tan amplia como mucha gente piensa, y entre el control de los Sky y el miedo al riesgo, Nairo acabó por tener que ‘conformarse’ con victorias de etapa y el medio camino. En Giro y Vuelta amasó fortuna. A veces empezó a hacer las cosas bien y no salió. Otras, cuando menos se le esperaba, firmó auténticas obras de arte como la Vuelta a España de 2019, muy infravalorada.
Porque ese momento clasicómano en la etapa que llegaba a Calpe fue de lo mejorcito y una buena síntesis de lo que ha sido este ciclista, un corredor con una visión única. No es casualidad que apenas sufriese cortes por el viento siendo además un escalador menudo de apenas 1,65. Lo dijo Erviti en uno de esos documentales que fueron oro para comprender el gran talento que fue Quintana y lo difícil que fue el éxito para el seno de un equipo que además de lanzadera le ha servido como adiós.
El mayor lastre a su buena reputación será siempre aquel positivo por tramadol. Pese a no recibir sanción, el mundo del ciclismo se le echó encima y perjudicó la imagen de este colombiano incluso en su tierra natal, donde la decepción fracturó a los seguidores entre fieles y decepcionados. Insultos, acusaciones y una última oportunidad para despedirse desde un buen escenario, acorde con la gran trayectoria de quien deja atrás Romandía, Volta, Tirreno y País Vasco.
Que este año sirva como despedida a la altura de un ciclista histórico que cambió la percepción de que escalador y colombiano no podía ser sinónimo de ganador. Marcó una época, regaló grandes tardes de ciclismo y fue tema de conversación hasta no hace tanto. Entre el Collado Bermejo y los últimos coletazos ha circulado un ciclista de altura que levantó a la afición colombiana y la despertó tal vez para siempre. Hasta pronto, cóndor.
Fotos © ASO
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