Los pajaritos cantan, las nubes se levantan. De nuevo el mal tiempo. Vallter 2000 se quedó sin Volta Catalunya por la alerta naranja de fuertes vientos. Mismo motivo que redujo en dos kilómetros el Coll de Pal. Doce meses antes, la etapa que atravesaba el Coll de Pradell, clonada para la edición de 2026, fue sustituida por un circuito en los alrededores de Berga que además los corredores tristemente se tomaron a título de inventario.

Hace varias París-Niza que el recorrido de la misma no cumple lo presentado. En 2026, Auron, uno de los puntos decisivos, se quedaba fuera de la ruta. Lo pueden adivinar, también debido a motivos meteorológicos. Todo esto mientras en el verano austral, alejado de tormentas de nieve, la causa fue el motivo opuesto. El Tour Down Under metió tijera a su etapa reina, que incluía el clásico Willunga Hill, debido a riesgo de incendio y calor extremo. Le cedo la frase a mis críticos: «la seguridad del ciclista es lo primero».

Por ese motivo, y no por primera vez en la historia reciente de este deporte, se suspenden los tiempos para la general, pero no la disputa por la etapa en una carrera. Es una forma de conjugar todos los condicionantes: que cada uno asuma sus riesgos y afronte las responsabilidades. Inteligente, práctico, entendible. Pero ese postulado se aleja de anteponer la seguridad a todo lo demás, porque da la sensación de que se quiere proteger a los nombres y no a los hombres (o a las mujeres cuando toque, no se me malinterprete). El exceso de viento, por cierto, fue el causante (oh, novedad) de este último recorte.

Es decir, que el ciclismo solo puede desarrollarse con normalidad si se alinean los astros, las temperaturas no son excesivas, el viento es controlable y no hay líquido elemento cayendo del cielo o humedeciendo las carreteras. Entonces, las bicicletas no eran para el verano, que con el cambio climático se nos está quedando excesivamente caluroso, sino para la primavera, donde la temperatura para montar en bicicleta tiende a lo agradable. Haber empezado por ahí. Podríamos empezar la temporada europea en abril, ya puestos. O suspender toda la campaña de clásicas si una borrasca se queda a vivir sobre Bélgica y Holanda.

¿Por qué en las clásicas es extraño ver algún tipo de recorte por meteorología? ¿Por qué en las vueltas por etapas es cada vez más común? ¿Tendrá que ver con la actitud del tipo de corredor que las afronta? ¿Tiene más relación con el poder de influencia de ciertos equipos en ciertos contextos para controlar o evitar según qué riesgos? Es difícil atinar con las respuestas correctas porque siempre estará ausente una parte de la realidad. Sin embargo, sí creo que se deba reflexionar en torno a por qué sucede esto en las vueltas por etapas. Y llegar a conclusiones.

Demagogias sobre las evoluciones del material de abrigo o de las capacidades de las bicicletas aparte, no se termina de comprender el perjuicio que estas circunstancias traen al ciclismo. Nadie quiere que los ciclistas (que son personas) se enfrenten a temporales de nieve o arriesguen su integridad física. Un argumento tribunero por otro. Evitemos decir obviedades. Pero gran parte de la épica de este deporte y el enganche con la admiración de tantos ha tenido que ver con la dificultad extrema que supone. Porque se celebra al aire libre y a merced de que en pleno Galibier se desate una tormenta.

Las rachas de viento son un riesgo para un pelotón donde mil bicicletas coinciden en tiempo y lugar. He ahí la habilidad de muchos, el entreno de la técnica (¿lo habremos dejado de lado?), la asunción de riesgos por ir en una u otra posición dentro del pelotón, etc. Todo ese ciclismo nos lo están arrebatando. Llegados a ese punto, ¿qué sentido tiene entonces una etapa llana como la palma de una mano? Si el viento era un aliciente que podría jugar un papel para darles interés, y ya cada vez son menos utilizadas como etapas de transición y viaje para avanzar sobre el mapa, ¿qué necesidad hay?

Y es que cuando hay marcas que se están bajando del ciclismo es que algo no estará funcionando tan bien. Que las etapas decisivas y esperadas por tantos acaben por no celebrarse o disputarse en plenitud resta mucho interés al ciclismo. ¿Para qué quiero que programen Montmatre el último día del Tour si después no van a contar los tiempos? Anúncienlo desde un principio como un critérium o un paseo cicloturista profesional y algunos tal vez optemos por reservar plaza en algún restaurante bonito junto al mar. Lo que no vale es utilizar reclamos que luego desaparecen.

Y, oye, puede suceder alguna vez, pero… ¿casi siempre? Venimos, además, de una Vuelta a España donde la improvisación tuvo que ser el pan nuestro de cada día. Y de un Tour de Francia, en pleno verano, que también recorta etapas y modifica trazados con apenas unas horas de antelación. Mientras tanto, la sensación que le queda al aficionado es que cuando una coma se mueve, se quedan sin el día de ciclismo tan esperado. ¿No habrá una forma de encontrar un punto medio? ¿Y de compensar una ausencia con una presencia? ¿No es, seguro que justificadamente, adulterar la competición en muchos casos?

Mientras tanto, la UCI mirando al tendido a lo Laudrup. Y los equipos y los Adam Hansen de turno poniendo pocos gritos en el cielo por carreras World Tour que se celebran con tráfico abierto en el sentido contrario. La seguridad siempre debe ir por delante, cómo no, pero da la sensación de que se ha concedido demasiado poder a algunas voces y que ese terreno no es ya recuperable. Porque tener alternativas preparadas ante un contexto cada vez más imprevisible no entra en ninguna cabeza, ¿verdad?

Foto © Eurosport