El exciclista Sep Vanmarcke fue cada año uno de los tapados en las clásicas de primavera. Durante algún tiempo no lo fue, siendo se le pensó como un favorito, un ciclista capaz de poner contra las cuerdas a Fabian Cancellara cuando Tom Boonen ganaba esos momentos sabáticos donde la vida personal absorbía la ciclista. El ciclista nacido en Flandes no ha sido capaz de ganar monumentos, aunque sí de pelearlos. En esos años de alternativa su hype fue realmente alto, siendo la opción alternativa, la apuesta de esos sabelotodo que eligen la opción más exótica para parecer que entienden de ciclismo y de clásicas.

Sep fue un ciclista regular, siempre presente en esos grupos decisivos. Pero casi nunca ganó. Su palmarés en pruebas de un día se reduce a Omloop (año 2012) y Bretagne Classic (año 2019). En trece participaciones en el Tour de Flandes acabó tres veces entre los diez primeros, aunque dos de ellas fueron el tercer puesto. Si no era Cancellara, era Boonen, y sino Sagan. Ahora se enfrenta a una generación bien distinta, y consiguió la medalla de bronce de nuevo en una clásica en este 2023 con su tercera posición en Gante-Wevelgem, aunque lejos de tener opción de victoria.

Fue un ciclista con buenas condiciones para estas pruebas, con capacidad para rodar y punta de velocidad. Pero, bien es cierto reconocerlo, siempre le faltó algo. No se sabe si un punto de resistencia, o de suerte, o de fuerza, o todos a la vez. Claro está que no ha llegado a la cumbre y que durante un tiempo parecía que lo iba a lograr, que iba a ser el gran ciclista belga para las pruebas de un día, sobre todo en ausencia de Boonen y, sobre todo, en las piedras. Pero no lo consiguió, pasó a un segundo plano y ahora con la irrupción de tantos y tantos talentos en Bélgica, nadie se acuerda de él.

Precisamente por eso en la recta final de su carrera fue más peligroso. En Israel Premier Tech disfrutó de una especie de segunda juventud tras el paso por Belkin (antiguo Rabobank y actual Visma), Garmin o Education First. En ninguno de ellos terminó de arrancar. Lo dejó con un total de nueve victorias para dieciséis temporadas en el profesionalismo, que se dice pronto. No son muchas y tampoco son las más prestigiosas fuera de las mencionadas anteriormente. Un ciclista que en París-Roubaix sí ha tenido más presencia, con un segundo puesto, tres cuartos y un sexto. Regularidad, un ciclista que estaba ahí.

Un corredor al que Roubaix iba como anillo al dedo. De pequeño ya vivía en las piedras, sabía lo que eran y cómo se sentían los brazos en ellas. Con todo, un especialista que tenía en mente este tipo de carrera, mucho más que el clásico Tour de Francia, donde ha participado en cinco ocasiones. O los Mundiales, donde ha salido en dos ocasiones únicamente, con idéntico resultado: 64º. En sus últimos años de carrera, su gran triunfo le esperaba, porque no cabe duda de que a Vanmarcke la vida siempre le debió un día para sentir cómo hubiera sido su vida de haber aprovechado ese hype del principio, la cresta de la ola.

Foto © Lotto-JumboNL