La primavera ciclista es sinónimo de intensidad competitiva y de viajes, muchos viajes. Uno de los más apasionantes tiene más de simbolismo que de realidad, pues tiene origen en las piedras, cuyo último eslabón pueda ser París-Roubaix, y se inicia en las Ardenas, con Amstel Gold Race como primer gran plato del mítico tríptico. En línea recta, la distancia es apenas una etapa o dos. En distancia mental y física se trata de dos universos completamente diferentes. Ni la forma de correr ni siquiera los protagonistas suelen ser los mismos. Aunque bien es cierto que, como en todo en la vida, existen notables excepciones. La última y más sonada, la de Tadej Pogacar.

El esloveno algo persigue. Es uno de los pocos que se ha embarcado en ese viaje a contracorriente para depositar su nombre en el palmarés de cuantos santuarios del ciclismo le sea posible. Como él, ha habido un ramillete de mitos que lo han intentado y solo un puñado que ha logrado triunfar tanto en un escenario como en el siguiente. Aún menos son los que han hecho diana en ambos mundos durante una misma temporada. El más manido y fácil de traer a la mente es, sí, Eddy Merckx. El belga ha acumulado títulos en Omloop, Gante Wevelgem, Brabançona y, por supuesto, Flandes y Roubaix. En Lieja, por poner un ejemplo, es el recordman con cinco victorias.

Uno de sus grandes rivales, De Vlaeminck, intentó por todos los medios seguir esa senda que entonces era más sencilla. El motivo es que el calendario ciclista ni la temporada eran tan exigentes como lo es hoy con tal acumulación de fechas. Pero ese beneficio lo tuvieron todos. Y el gran ‘gitano’ hizo la machada en 1970 y 1971 para después centrarse en restar victorias en las piedras a don Eddy. Otro belga como Van Looy fue capaz de combinar las victorias en Roubaix y Lieja en 1961. Por aquel entonces, un tal Jacques Anquetil se imponía en Gante y en ‘la Decana’. Competía en Roubaix, pero los resultados nunca le acompañaron.

Siguiendo con los cuatro grandes, Bernard Hinault fue uno de los ejemplos más claros de lo que supone ser un ganador todoterreno. El galo solo disputó Flandes en una ocasión, pero logró la Roubaix el mismo año que la Amstel en 1981. Lieja acabó en su palmarés cuatro años antes, pero la conquista pedrusquera era bastante menor, la Gante. Sean Kelly, uno de los mejores corredores de todos los tiempos, mezcló lo mejor de esas combinaciones para encumbrarse en 1984.

Lo mismo que Jan Raas, Mister Amstel. Se llevó cinco veces la clásica de la cerveza, combinadas con E3, Gante, Flandes, Roubaix, Dwars, Omloop o Kuurne. El holandés es uno de los mejores ejemplos de combinar ambas fases de la primavera con relativa facilidad. Su compatriota Van der Poel puede presumir de haberse hecho con las dos reinas de las piedras y de ganar la Amstel, que es Ardenas. Bien es cierto que en estas últimas tampoco ha puesto excesivo empeño, si bien ha pisado el podio de Lieja.

Los italianos tienen una franja para ellos solos. Era otro ciclismo, pero Coppi sí logró brillar en ambas ‘cordilleras’. El infravalorado Gimondi lo intentó, pero se enfrentó a la jauría belga y no pudo rematar. Bettini intentó hacer el puente de piedras a Ardenas, pero nunca tuvo éxitos que añadir a sus dos Liejas. El más célebre en conseguir esa versatilidad trasladada a títulos fue Michele Bartoli. La leyenda de Pisa intentó este más difícil todavía, pero nunca pudo coronar esa montaña.

Y mira que lo intentó durante años. Al final, toca observar sus triunfos en Flandes y en Lieja con distancia entre sus fechas. Lo más cerca, 1998 con un gran año en las Ardenas (3º en Amstel y 1º en la reina) y el segundo puesto en E3. Uno de sus grandes rivales, Frank Vandenbroucke, sí pudo imponerse en piedras (Omloop) y Ardenas (Lieja) en una misma temporada. 1999 fue, sin lugar a dudas, su año.

Por otro lado, la senda española tiene poca representación. Flecha, Freire y Valverde han podido besar el podio tanto en piedras como en las Ardenas, pero en ningún caso han combinado victoria alguna. Es más, los triunfos españoles en las piedras se cuentan con los dedos de una mano: el cántabro en Gante-Wevelgem. No es terreno abonado para españoles, si bien es cierto que en los últimos tiempos al menos se detecta un cierto interés por las piedras. Ojalá sea el germen de algo.

Fotos © L’Equipe / ETSY